
Siento reventar mi ceja
anegando de murmullos el paisaje lunar
que sobrevuela el trigo,
tan cerca de la enormidad
que yace escondida
en una grúa abandonada.
Mi verdad es torpe,
como un hombre tendiendo la ropa
al sol de Febrero.
Hubo un día, parece ya tan lejano,
que empecé a vestirme de domingo
a las nueve de la mañana siempre;
hubo un día, parece ya tan lejano,
que el pudor hizo no salir el sol
y la tierra se detuvo sobrecogida.
Siento que mis muslos son helada en Florencia
refugiados en Gilli
cuando el camarero hizo volar el sueño
donde Perséfone, cristal al fin,
sufría el síndrome de Stendhal.
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