jueves, 8 de octubre de 2009

Florencia


Siento reventar mi ceja

anegando de murmullos el paisaje lunar

que sobrevuela el trigo,

tan cerca de la enormidad

que yace escondida

en una grúa abandonada.

Mi verdad es torpe,

como un hombre tendiendo la ropa

al sol de Febrero.

Hubo un día, parece ya tan lejano,

que empecé a vestirme de domingo

a las nueve de la mañana siempre;

hubo un día, parece ya tan lejano,

que el pudor hizo no salir el sol

y la tierra se detuvo sobrecogida.

Siento que mis muslos son helada en Florencia

refugiados en Gilli

cuando el camarero hizo volar el sueño

donde Perséfone, cristal al fin,

sufría el síndrome de Stendhal.

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