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Las plumas de la golondrina se embriagan de miel
por temor
a encontrar el centro de la noche;
las nubes, cargadas de marfil,
cubren con deleite
esa libélula que ya se perfila las pestañas;
desearía un cerro repleto de margaritas azules
para mis manos
que ceden ante el peso de las mareas;
el reloj, cansado de recitar segundos,
decide caminar
junto a los erales que esculpen flores;
¿pasó por aquí?
Seguro, no ves comer miel a los corderos.
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